“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente” V.W

jueves, 2 de agosto de 2012

Ausencias y recuerdos de la dictadura

A tener en cuenta: este artículo lo escribí hace ya un tiempo largo y probablemente se encuentren con falta de fuentes e información. De todas formas, quería compartirlo.

Ellos son el presente vivo de los que ya no están. Forman parte de un legado que aún, después de 36 años del golpe militar, continúan buscando justicia por sus familiares desaparecidos.

Celso Cruces fue uno de los tantos que se tragó la tierra. Todo ocurrió la noche del 27 de octubre de 1976, cuando un grupo de hombres arremetió por la fuerza en el living de su domicilio de Avellaneda, en donde se encontraba con un compañero de militancia.

Crédito Foto: Memoria Abierta

Lo que siguió fue el secuestro y luego la ausencia, ya que nunca más volvieron a tener rastros de su existencia.
"¡Se los llevaron! ¡Se los llevaron los militares!", fue la frase que resonó los días posteriores, recuerda Norma González, prima hermana del joven desaparecido.

En fotos que fueron entregadas años después al Equipo Argentino de Antropología Forense, se ve un muchacho de contextura delgada, barba crecida y mirada profunda. Celso tenía 23 años, era joven y lo caracterizaba una convicción estrechamente ligada a la política. No era ajeno a la militancia y justamente su espíritu de lucha fue el que de alguna manera terminó incidiendo en su desaparición. “Fue todo un acontecimiento familiar, removieron cielo y tierra, pero nunca más se supo nada”, dice Norma.

En aquellos años el país se dividía entre la influencia que iban ganando algunos grupos de izquierda, como Montoneros y FAR, y el poderío del que ya gozaban las fuerzas militares, que se enfrentaban entre sí en una lucha común que alcanzaría su punto culmine con el golpe de estado desatado el 24 de marzo de 1976.

El “Proceso de Reorganización Nacional” ocurrió dentro de ese período de turbulencias políticas, cuando una Junta Militar integrada por los comandantes Videla, Massera y Agosti, instauró una dictadura que se mantendría en el poder hasta 1983 y sería portadora de los crímenes más violentos de la historia del país.

Uno de ellos fue la desaparición de personas. Con la ausencia apareció el dolor y con éste el silencio. Miles de jóvenes y adultos fueron ejecutados y enterrados de forma clandestina. Fue una época donde todo se mantuvo oculto: los secuestros, las torturas y los fusilamientos. En la Argentina de aquel momento poco de hablaba del tema. Los desaparecidos también habían desaparecido como tema de conversación.

“Fue siempre un signo de interrogación para todos, porque nunca más se habló del tema, mi mamá tenía pánico de que nos pasara algo”, asegura González, que además de la ausencia de Celso, cargó con el exilio de su prima hermana, Diana Cruces, que primero se refugió en París y luego en México.

A Celso y a Diana los unía la sangre y la militancia. Diana comenzó a participar activamente en 1972 del Partido Revolucionario de los Trabajadores (P.R.T). Tiempo después, a fines del 73, conoció a Fernando Gertel, secretario del partido, su pareja, y con quien años más tarde tendría un hijo.

Diana es también sobreviviente de un “proceso” que vivió y sufrió en carne propia al haber sido apresada durante un año (74-75) en el penal de Villa Devoto. Guillermo Gertel, fruto de la relación, nació en agosto de 1975. Pasarían sólo algunos meses hasta la desaparición primero de Fernando en julio, y luego la de su hermano Celso en octubre. Más tarde llegaría el exilio.

“Cuando llegué a París empecé a trabajar en el Comité Argentino de Solidaridad y fundamos con Claudia Lareu, la Comisión de Familiares de Desaparecidos, que es la primera comisión de familiares que se formó en el exterior”, cuenta Diana Cruces como parte de su testimonio a la organización El Combatiente, perteneciente al órgano del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Entre otras cosas recuerda: “Viajamos a Ginebra, expusimos los casos ante la Cruz Roja, ante todos los organismos internacionales. Todo lo que había por hacer, se hizo”.

Actualmente Diana y Norma continúan entrelazadas por el recuerdo y una lucha común que busca justicia, en un presente en el todavía quedan muchos interrogantes por resolver.

En su declaración, sin embargo, Diana asegura: “No siento que la sangre derramada haya sido inútil. Me quedo con la imagen de hoy, con jóvenes capaces de tener la historia en movimiento, eso nos ayuda para saber que nada ha sido en vano".

Ellos son una parte de la historia. Una historia que no olvida y que difícilmente lo hará. Una historia que seguirá viva por siempre en la memoria de todos los argentinos.

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