“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente” V.W

miércoles, 8 de mayo de 2013

Ahora


Ahora es de noche y el cielo está estrellado. El viento empuja las hojas de los árboles y se escucha el eco de cuando se entrelazan entre sí. Es de madrugada y en el aire ahonda un silencio que se quiebra con el sonido de motores y bocinas. Buenos Aires, la ciudad de la furia, está dormida.

Ahora reconstruyo momentos y te extraño. Y me duele buscarte y no encontrarte. Y no entiendo. Entender la muerte no es fácil. Se escurre tan al pasar que nos desmorona por completo. Nos deja tiesos y desorientados, buscando una explicación inexplicable. 

Ahora te pienso y te encuentro en mis sueños. Estás como alguna vez fuiste y ya no serás. Y te abrazo y no te suelto. Después despierto y ya no estás. Y en la fugacidad del tiempo te sigo buscando porque sé que te voy a encontrar. 

Ahora me pregunto cómo estarás y te imagino feliz. Quisiera que sepas que esto no es una despedida; es, en otras palabras, un hasta luego. Es un reflejo de amor y es también la promesa de que no te voy a olvidar. Ahora es de noche y el cielo está estrellado. Ahora reconstruyo momentos y te extraño.

martes, 5 de marzo de 2013

Un fragmento de "La inspiración transpirada"

Este es un fragmento corto de un texto que escribió Leila Guerriero para la Fundación Tomás Eloy Martínez.

Dice Hemingway que escribir es, a veces, algo que surge fácil y perfectamente y que, en otras ocasiones, “es como perforar roca y después hacerla volar con cargas”.

Escribir un buen texto periodístico es mucho más que encontrar un buen arranque, un gran cierre y regodearse en brazos de frases bonitas. Un buen texto periodístico debe tener información, equilibrio de voces, buenas escenas, datos duros, fechas precisas, fuentes citadas. En medio de todo eso la palabra inspiración parece la prima boba que usa brackets y lee a Gustavo Adolfo Becquer sentada en el extremo de una cama donde se lleva a cabo un festín porno con doble penetración y sin preservativos.

Pero yo creo que la inspiración existe. Solo que no es una sustancia benéfica, meliflua y rosa que desciende sobre nosotros en momentos de perfecta calma sino una fuerza bruta, traicionera, salvaje, nada sutil, cuya belleza reside, precisamente, en el altísimo riesgo que implica utilizarla, y que no está, no puede estar, separada de la idea de trabajo, de esfuerzo y de preparación.

miércoles, 9 de enero de 2013

La música de las palabras, por Haruki Murakami


Leí Frutos extraños de Leila Guerriero y de allí, a través de su mención, llegué a este texto de Murakami que considero más que interesante. Vale la pena leerlo. ¡Que lo disfruten!

***

Nunca tuve ninguna intención de convertirme en un novelista, al menos no hasta que cumplí 29. Esto es absolutamente cierto.

Leí mucho desde chico, y siempre me metí tanto en los mundos de las novelas que estaba leyendo que mentiría si dijera que nunca tuve ganas de escribir nada. Pero jamás creí que tuviera talento para escribir ficción.

En mi adolescencia me encantaban escritores como Dostoievsky, Kafka y Balzac, pero nunca me imaginé que pudiera escribir nada que estuviera a la altura de las obras que ellos nos legaron. Por lo tanto, a temprana edad simplemente abandoné mi esperanza de escribir ficción. Decidí seguir leyendo libros como hobby, y buscar otra manera de ganarme la vida.

La música fue el área profesional en la que me instalé. Trabajé duro, ahorré dinero, pedí prestado mucho a amigos y parientes, y poco después de dejar la universidad abrí un pequeño club de jazz en Tokio. Servíamos café durante el día y tragos por la noche. También servíamos algunos platos sencillos. Pasábamos discos todo el tiempo y teníamos a jóvenes músicos tocando jazz en vivo los fines de semana. Lo mantuve durante siete años. ¿Por qué? Por una simple razón: me permitía escuchar jazz de la mañana a la noche.

Tuve mi primer encuentro con el jazz en 1964, a los 15 años. Art Blakey and The Jazz Messengers tocaron en Kobe en enero de ese año y a mí me habían regalado una entrada para mi cumpleaños. Esa fue la primera vez que realmente escuché jazz, y me golpeó. La banda era simplemente grandiosa: Wayne Shorter en saxo tenor, Freddie Hubbard en trompeta, Curtis Fuller en trombón y Art Blakey liderando con su sólida e imaginativa percusión. Creo que fue uno de los equipos más fuertes de la historia del jazz. Nunca había escuchado una música tan sorprendente, y me atrapó.

Un año atrás fui a cenar en Boston con el pianista de jazz panameño Danilo Pérez, y cuando le conté esta historia, sacó su celular y me preguntó: “¿Te gustaría hablar con Wayne, Haruki?” “Por supuesto”, le dije, quedándome prácticamente sin palabras. Llamó a Wayne Shorter en Florida y me pasó el teléfono. Le dije básicamente que ni antes ni después había escuchado una música tan sorprendente. La vida es tan extraña; uno nunca sabe qué va a pasar. Acá estaba yo, 42 años después, escribiendo novelas, viviendo en Boston y hablando con Wayne Shorter por celular. Jamás lo hubiera imaginado.

Cuando cumplí 29, de pronto y de la nada tuve esta sensación de que quería escribir una novela; de que podía hacerlo. No podría escribir nada que estuviera a la altura de lo de Dostoievsky o Balzac, por supuesto, pero me dije a mí mismo que eso no importaba. No tenía que convertirme en un gigante literario. Aun así, no tenía idea de cómo escribir una novela ni sobre qué escribir. Después de todo, no tenía absolutamente ninguna experiencia, ni disponía de ningún estilo ready-made a mi alcance. No conocía a nadie que pudiera enseñarme cómo hacerlo, ni tenía amigos con los que pudiera hablar de literatura. Lo único que pensaba a esa altura era lo maravilloso que sería poder escribir como si tocara un instrumento.

Había estudiado piano de chico, y podía leer música lo suficiente como para sacar una melodía simple, pero no poseía el tipo de técnica que se necesita para convertirse en un músico profesional. En mi cabeza, no obstante, sí sentía a menudo que había algo parecido a una música propia que circulaba alrededor de un impulso rico y poderoso. Me pregunté si me sería posible traducir esa música en escritura. Así es como empezó mi estilo.

Ya sea en la música o en la ficción, lo principal es el ritmo. Tu estilo tiene que tener un ritmo bueno, natural, firme, o la gente no va a seguir leyéndote. Aprendí la importancia del ritmo de la música, y especialmente del jazz. A continuación viene la melodía, que en literatura viene a ser un ordenamiento apropiado de las palabras para que vayan a la par del ritmo. Si las palabras se acomodan al ritmo de una manera suave y bella, uno no puede pedir más. Lo siguiente es la armonía; los sonidos mentales que sostienen las palabras. Luego viene la parte que más me gusta: la libre improvisación. A través de algún canal especial, la historia fluye libremente desde el interior. Todo lo que tengo que hacer es sumergirme en la corriente. Finalmente viene lo que quizá sea lo más importante de todo: esa elevación, esa emoción que uno experimenta al completar su “interpretación” y al sentir que ha alcanzado un lugar nuevo y significativo. Y si todo sale bien, uno consigue compartir esa sensación de elevación con sus lectores (su audiencia). Es una culminación maravillosa que no puede obtenerse de ninguna otra manera.

Prácticamente todo lo que sé acerca de escribir, entonces, lo aprendí de la música. Sonará paradójico, pero si yo no hubiera estado tan obsesionado con la música, podría no haberme convertido en novelista. Incluso ahora, casi treinta años después, sigo aprendiendo mucho sobre la escritura de la buena música. Mi estilo está tan profundamente influido por los riffs salvajes de Charlie Parker, digamos, como por la prosa elegantemente fluida de F. Scott Fitzgerald. Y todavía tomo la permanente autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario.

Uno de mis pianistas de jazz favoritos de todos los tiempos es Thelonious Monk. Una vez, cuando alguien le preguntó cómo hacía para obtener cierto particular sonido del piano, Monk señaló el teclado y dijo: “No puede ser ninguna nota nueva. Cuando uno mira el teclado, todas las notas ya están ahí. Pero si uno quiere una nota lo suficiente, sonará diferente. Uno debe elegir las notas que realmente le importan”.

A menudo recuerdo estas palabras cuando estoy escribiendo, y pienso para mí: “Es verdad. No hay palabras nuevas. Nuestro trabajo es darles nuevos significados y tonalidades especiales a palabras absolutamente ordinarias”. Esa idea me reconforta. Significa que aún yacen delante de nosotros alcances vastos y desconocidos, territorios fértiles que tan solo esperan que los cultivemos.

Fuente: Página/12

viernes, 7 de diciembre de 2012

Consejos para un joven que quiere ser cronista

Me gustó este texto y creo que vale la pena compartirlo.
Les dejo el link: El Malpensante
Texto: Alberto Salcedo Ramos

Si no eres porfiado, olvídalo. Te dirán que no hay espacio, ni dinero, ni lectores. En vez de perder tiempo quejándote, pon el trasero en la silla como proponía Balzac. Y cuando empieces a trabajar escucha el consejo de Katherine Anne Porter: no te enredes en asuntos ajenos a tu vocación. A un narrador lo único que debe importarle es contar la historia.

Una historia buena y bien contada posiblemente le interesará a algún editor. Pero nadie te lo garantiza. En caso de que no la publiquen, al menos te quedará una crónica terminada. Guárdala como un tesoro: podría motivarte a hacer otra. Si dejas de escribir cuando los editores te cierran las puertas, tal vez mereces que te las cierren.

Aunque tengas un trabajo de tiempo completo en un periódico o manejes un camión de carga, debes escribir. Ninguna excusa es válida. Si solo atiendes los llamados del estómago, ¿para qué seguimos hablando?

Cree en los temas que te impulsen a escribir. Ya lo dijo Mailer: cuando un tema atrape tu atención no lo sometas a la duda.

Puedes escribir sobre lo que quieras: un asaltante de caminos, las enaguas de tu abuela, el escolta del presidente, la caspa de Tarzán, lo triste, lo folclórico, lo trágico, el frío, el calor, la levadura del pan francés o la máquina de afeitar de Einstein. Pero por favor no aburras al lector. Escribir crónicas es narrar, narrar es seducir. Los buenos contadores de historias convierten el verbo narrar en sinónimo de encoñar. Son como don Vito Corleone: le hacen al lector una oferta que no puede rechazar.

Confieso que me producen alergia las historias que lo reducen todo al blanco y al negro. Desconfío de las moralejas y por eso no leo fábulas, o las abandono a tiempo para que el lobo viva tranquilo después de comerse a Caperucita Roja y el dueño de la gallina de los huevos de oro pueda sacrificarla sin remordimientos.

Algunos pretenden escribir mientras bailan una cumbiamba o asisten a un partido de fútbol. Pero el trabajo es una cosa y el recreo otra. Concéntrate en tu oficio. Si no le dedicas al texto toda tu atención, posiblemente el lector tampoco lo hará.

Estar aislado es duro, te lo advierto, en especial cuando escribes historias de largo aliento. Sabes cuándo comienzas pero no cuándo terminas. En cierta ocasión me sentí tan oprimido por el encierro que consideré como mi gran utopía salir a pagar el recibo del teléfono. Luego están las dificultades propias del oficio: en una jornada solo alcanzas a precisar un adjetivo, y al día siguiente lo borras porque ya no te gusta. Acuérdate de Dorothy Parker: “Odio escribir, pero amo haber escrito”.

Si cuidas la escritura, si no te conformas con juntar las palabras de cualquier manera, lo más seguro es que tiendas a bloquearte. Bloquearse es un gaje del oficio. Indica que asumes el trabajo en serio. Sal a la calle a renovarte. Tomar distancia también es una forma de escribir.

Si eres de los reporteros que no leen más que noticias, declárate perdido. Hay que tener buenos referentes en el oficio. Solo al oír las voces de los maestros –Talese, Capote, Hemingway– y mirar el mundo con curiosidad genuina aprenderás a encontrar tu propia voz.

Por mucho que ciertos reporteros y editores ortodoxos renieguen de la crónica, tú tienes que creer. La crónica le pone rostro y alma a la noticia para atender a un tipo de lector que no solo quiere atragantarse de datos. Algunos suponen que las verdades que no destapan una olla podrida son indignas de ser publicadas. En un continente saturado de corrupción siempre será apreciada la figura del higienista que fumiga las alimañas. Sin embargo, me temo que la verdad no se encuentra solamente regando plaguicidas o frecuentando los manteles de los poderosos, sino también prestándole atención a la gente común y corriente, aquella que, por desdicha, solo existe para la gran prensa en la medida en que muere o mata.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Acceso a la información: una deuda pendiente


El oficialismo no da señales de avance en materia de transparencia y la Argentina se perfila como uno de los pocos países de la región que aún no promulgó la ley. En nueve años de gestión sólo sancionó un decreto [el 1172], y pese a que desde 2003 hasta hoy se presentaron más de 60 proyectos en el Congreso, todos quedaron anclados en el tintero parlamentario, sin margen de alcanzar jerarquía constitucional para su posterior sanción.

En la última década, sólo dos de todos los proyectos que arribaron al Congreso estuvieron al borde de traspasar el filtro de ambas cámaras y convertirse en ley. El primero lo elaboró la Oficina de Anticorrupción (OA) en 2001. Logró la sanción en Diputados en 2003 y fue alterado luego en el Senado por la jefa de Estado, que en aquel momento era la presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales. Tres años más tarde –ante el rechazo de las modificaciones incorporadas– el proyecto perdió estado parlamentario.

“El Gobierno demostró su vocación muy temprano, porque cuando en 2003 en el Senado la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad el proyecto de ley, ese proyecto fue totalmente limitado en la Cámara de Senadores, ahí ya se empezó a mostrar que había una intención de un acceso a la información restrictivo”, subrayó la diputada Patricia Bullrich, de Unión por Todos.

Pasaron siete años y en 2010 el debate se reabrió en la cámara Alta, en donde se comenzó a tratar la propuesta del senador Samuel Cabanchik (ProBAfe). Después de recibir algunas modificaciones consiguió la sanción del Senado y al pasar a Diputados el proyecto fue aprobado por todas las comisiones [Asuntos Constitucionales y Justicia], a excepción de Presupuesto, liderada por un integrante del oficialismo, que no se sumó al plenario, razón que hizo que el proyecto quedara trunco.

“Las trabas estaban en la comisión de Presupuesto, pero sobre el texto no se ponían de acuerdo en cosas que no eran cruciales. La ley era tan ambiciosa que quedó en la nada”, expresó Dolores Lavalle Cobo, abogada y especialista en acceso a la información. “Si ese proyecto no salió, que ya tenía la sanción del Senado y un consenso bastante importante de Diputados, algo pasó para que no haya prosperado”, opinó.

Por su parte, el senador Samuel Cabanchik, autor del proyecto, aseguró que antes del 2011, con vigencia parlamentaria y media sanción en el Senado “fue la oposición la que dejó caer el proyecto”. Y en ese sentido dijo: “Verdaderamente los bloques de lo que se llamó ´Grupo A´, sumaban todos ellos la suficiente cantidad de voluntades para haber sancionado la ley, tuvieron muchos meses para hacerlo y dejaron que pierda estado parlamentario”.

En la actualidad la única herramienta normativa que resguarda el derecho de acceso a la información es el decreto 1172/03, promulgado en los primeros meses de la gestión de Néstor Kirchner, que rige en torno a la Jefatura de Gabinete de Ministros y cuya autoridad de aplicación es la Subsecretaría para la Reforma Institucional y el Fortalecimiento de la Democracia, liderada por un integrante de La Cámpora: Franco Vitali.

Ante este escenario la pregunta que surge es: ¿por qué si el kirchnerismo promulgó el decreto aún no impulsó con fuerza la sanción de la ley? Según la diputada del Pro y ex titular de Poder Ciudadano, Laura Alonso, “nunca hubo en los Kirchner voluntad de promover políticas de transparencia y acceso a la información”. “Fueron todas decisiones de maquillaje”, sentenció y advirtió: “El proyecto de ley de acceso a la información está condenado a muerte mientras Cristina Kirchner sea Presidenta”.

Para Álvaro Herrero, director de la Asociación por los Derechos Civiles (ADC), hay una lectura sesgada del tema. “El acceso a la información pública es un punto clave para el ejercicio de todos nuestros derechos”, aseguró y añadió: “Permitir que esto pase al olvido o se desarticulen todos los avances es una picardía. Fue el kirchnerismo el que puso este tema en la política”.

En América latina sólo Argentina, Venezuela y Paraguay aún no han sancionado la ley, razón suficiente para quedar a la retaguardia del resto del mundo y fuera también de la Alianza de Gobierno Abierto; una política que incluye 55 países y que pone a disposición gratuita y online datos públicos para interpretar información por medio del cruce de datos, con la idea de mejorar las políticas públicas del Estado.

El DECRETO 1172 Y LA SUBSECRETARÍA

“El decreto fue el principio de la gestión y después empezaron a mostrar su verdadera cara: ningún principio de publicidad, ningún principio de transparencia, ni ningún principio de información”, afirmó Patricia Bullrich. La diputada de Unión por todos estacó el consenso que hubo en la cámara de Diputados a la hora de trabajar sobre el proyecto de acceso a la información. “En Diputados se trabajó todo en común, se logró juntar a todos los bloques opositores sin distinción de ningún tipo”, señaló.

Bullrich, al igual que Alonso (Pro), presentó varias propuestas, pero ninguna de ellas llegó a concretarse. La última concierne a la creación de una oficina de acceso a la información. “Acá hubieran podido discutir proyectos y buscar un acuerdo, sin embargo no nunca quisieron sacar nada. El acceso a la información es imposible, cada vez que uno pide información es terrible el tiempo que demora”, y más tarde añadió: “Los temas que ellos [el oficialismo] no quieren tratar: boleta única, publicidad oficial, acceso a la información, ni se hablan”.

“La ejecución presupuestaria fue volada de la Web, hay menos información disponible, los pedidos de informe por las cámaras no se aprueban porque el oficialismo no los pone en tratamiento de las comisiones”, denunció Alonso y espetó: “Hay un sistema de promoción del no acceso a la información”.

Varios de los pedidos que realizó la ex titular de Poder Ciudadano llevan el sello de una misma respuesta: los datos solicitados se encuentran amparados por la Ley°25.326, de Protección de Datos Personales. “Pedí hace un tiempo la lista de las productoras que habían sido contratadas por Canal 7 y el monto de los contratos. Me contestaron que eran datos personales. Un contrato con una persona jurídica es un dato público”, enfatizó Alonso.

Argentina al menos este año seguirá huérfana de una ley de acceso a la información. En este sentido el director de ADC aseguró: “Todo el esfuerzo de articulación de generar una política pública e información sobre la labor de la Secretaría, hoy no está”, y completó: “Hay muchos proyectos e iniciativas pero al menos este año no va a estar en la agenda legislativa y eso es un problema".

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Mi historia, en breve

Los 17 del mes son algo atípicos. Todos, sin pensarlo, me llevan a vos. El día de tu partida no fue fácil. Varias veces escuché decir que una vez que la muerte te sorprende, lo único que subyace es el alma. Y ese día al fin lo entendí. Tengo la sensación de que hubiera sido ayer pero el tiempo es fugaz y ya pasaron cuatro años.

Era marzo de 2008. El reloj marcaba las once de la noche cuando me llamaste de sorpresa. Por algún motivo tenías la necesidad de hablar conmigo. La urgencia del llamado me resultó algo extraña. Después de un rato me viniste a buscar y fuimos a casa.

Ese día me contaste de los nódulos en el pecho. Al principio me asusté y sentí desesperación. Después algo peor: miedo. Intenté retomar la calma y pensar en frío. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Según la Organización Mundial de la Salud «cáncer» es un término que designa un grupo de enfermedades que pueden afectar cualquier parte del organismo; también se habla de «tumores malignos». Cuando la enfermedad avanza las células enfermas se multiplican y se contagian otros órganos del cuerpo, lo que se conoce como metástasis.

Cáncer es mala palabra. Es sinónimo de que algo no está bien. Siembra duda, incertidumbre, pánico y terror. Empecé a considerar la posibilidad real de tu enfermedad después de esa noche. Y me cambio la vida, porque, de un momento a otro y en cuestión de segundos supe que te iba a perder.

***

Unos días antes de conocer los resultados de la biopsia viajamos a Córdoba. Alejandro, uno de tus hermanos y también uno de los dos doctores que hay en la familia, nos recomendó que fuéramos a Villa La Bolsa, una comarca que se ubica en la ruta 5, en la provincia de Córdoba. Allá estaba Asunción, una hermana franciscana que por alguna razón especial iba a dejar una huella en tu vida y en la mía.

Caminos de tierra y montañas. Alrededor, un centenar de casas replegadas entre sí. Entre todas ellas se distinguía un complejo de departamentos de la congregación de los hermanos Maristas. El lugar conservaba intacto un dejo del pasado y en el aire se respiraba frescura. En el fondo había un arroyo, rocas y pinos.

Ni bien llegamos dejamos los bolsos y fuimos a recorrer los alrededores. Todavía recuerdo como si fuese ayer mi afán por no despegarme de tu lado. Tampoco me olvido de que por momentos el terror se apoderaba de vos y después de mí, que no toleraba la idea de perderte.

Al segundo día de nuestra estadía nos encontramos con Asunción y hablamos durante horas. Nos contó que había ingresado a la Congregación a los 18 años porque había sentido el llamado de Dios. También que un sentimiento similar había experimentado años más tarde cuando en 1987 había decidido embarcase en una misión que la llevaría a misionar al pueblo salteño de Santa Victoria Este. Allí habían viajado varios médicos, entre los que estaba Alejandro, tu hermano.

El viaje se transformó en una especie de despedida que se prolongaría por varios meses, aunque claro, no éramos completamente conscientes de ello. Todavía no sabíamos con certeza que tenías cáncer. Tampoco que, a causa de ese contagio estrepitoso de células malignas, el tumor se había expandido del pulmón al hígado y de allí al cerebro. Asunción, que tenía 80 años pero parecía de 60, nos llevó a recorrer la ciudad más próxima a la Villa: Alta Gracia.

Cincuenta mil habitantes. Barrios antiguos. Una vieja estación de trenes. Un casino y varias plazas. El lugar principal: una capilla jesuítica del siglo XVII. Allí hicimos una pausa antes de regresar. Un cura amigo de la franciscana te estaba esperando para darte uno de los sacramentos que se les da a las personas cuando padecen una enfermedad terminal. También a los ancianos. Por ello Asunción te acompañó en ese momento y ambas fueron uncidas con óleo en un rito especial por el que se pasa una sola vez.

A la vuelta se confirmó que el tumor era maligno. Un domingo de abril, quién sabe bien con motivo de qué, la familia organizó un almuerzo. Asistieron a la cita once de tus hermanos y varios de mis primos. Después de un rato un tío me llamó. Quería hablar conmigo y a solas. Ese día me enteré que te quedaban dos meses de vida. Aunque más tarde el tiempo jugó a nuestro favor y te quedaste hasta noviembre.

***
Si tuviera que describirte en pocas palabras podría decir que eras bondadosa, tenaz, humilde y ante todo buena persona. Una madraza. Sensible y amable hasta por los codos. También que eras algo caradura y poco te importaba la mirada ajena. Tenías chispa y eso te hacía única.
***

En los meses que siguieron arrancaste con las sesiones de quimioterapia, se te cayó el pelo y te abatieron de tantos medicamentos que lo único que consiguieron fue dejarte exhausta. Aunque intentabas disimularlo, había días en los que sólo querías dormir y ausentarte de la realidad. Por eso intenté abstraerte de todo, hasta incluso de tu propia enfermedad, que en parte también era mía, porque internamente la estaba padeciendo tanto como vos. No podía aceptar la idea de dejarte ir, pero tampoco podía ceder, así que me mantuve firme.

Hay varias cosas de las que estoy segura por un solo motivo, nunca te abandoné. Hasta el último suspiro estuve ahí, con vos, acompañándote. Supe desde el principio que no te ibas a curar y lo único a mi alcance era hacerte feliz, o al menos intentarlo. Así que junté fuerzas y acepté que tenía que enfrentarme a eso que de a poco se iba transformando en un adiós.

En julio supimos que Asunción estaba en Buenos Aires tratándose en el Hospital Británico con motivo de una dolencia que la aquejaba desde hacía días. Más tarde nos enteramos que el dolor era producto de un cáncer y que en su caso era de hígado. Ahora sí había una causa que las unía. Ambas tenían que enfrentar una misma lucha.

El 6 de agosto la enfermedad avanzó y te dejó como secuela un edema cerebral. Estabas confundida y perdida en el tiempo. Ese día marcó un quiebre y fue el aparente comienzo de un final que ni los corticoides ni las sesiones de rayos pudieron frenar. A fines de octubre Alejandro predijo lo que finalmente ocurriría: de un momento a otro y en cuestión de poco tiempo el ataque sería fulminante.

Los días pasaron de largo y se fue acercando el final. La noche de un jueves de noviembre te agarró un ataque de epilepsia. Estaba a tu lado cuando te vi en un estado totalmente convulsionado. Corrí a la sala a buscar el papel donde estaba anotado el número de emergencias y sin pensar, llamé. Lo único que recuerdo es mi estado de pánico. Me temblaban las manos y el corazón latía con fuerza. Al otro lado del teléfono una mujer intentaba calmarme.

A primera hora del alba salí corriendo a buscar la medicación. Cuando volví ya era tarde. Había una ambulancia en la puerta de casa y te estaban trasladando al sanatorio. Ni bien entré a la habitación lo primero que vi fue una máscara de oxigeno que te rodeaba la cara. Quedé impactada. Un sabor amargo me recorrió por completo el cuerpo. Salí corriendo y por la primera puerta que crucé me encontré con dolor y más dolor. Familiares y más familiares. Todo lo que algún día había estado firme se empezaba a desmoronar y debía aunar fuerzas para lidiar con tanta tristeza alrededor.

Ese día, como ningún otro deseé muy en el fondo de mi corazón no verte sufrir. E imploré con todas mis fuerzas tener la fortaleza para acompañarte. Entendí que no podía caer. Más tarde habría tiempo, pero ese era tu momento y tenía que estar entera.

En las horas que siguieron no nos despegamos de tu lado. Los recuerdos que habitan mi mente son palabras, olores y sensaciones que hoy quedan algo sueltas. El domingo por la noche Alejandro se quedó con vos. Yo decidí que no estaba lista para volver a casa. Así que me fui a lo de un familiar que vivía cerca. Y por primera vez después de ocho meses sentí paz.

A la mañana me levanté y fui a la clínica. Te tomé las manos y besé en la mejilla. Tenías un semblante cálido y sereno. Al rato un temblor te recorrió el cuerpo. Mi desesperación fue abrupta. Salí corriendo a pedir ayuda. Me sacaron de la habitación por la fuerza, pero entré de nuevo. Era el final. El oxígeno en sangre empezaba a evaporarse lentamente y vos con él. Tomé la decisión de no llamar a nadie. Jamás imaginé que iba a ser la encargada de decirte adiós o hasta luego. Te sostuve las manos y en un mensaje que entablé sólo con vos, firme y con un terrible dolor, te dejé ir.

Un halo de luz se esparció por la habitación en la que yacías ya dormida, en trance a un lugar mejor. Quedaba tu cuerpo, pero vos te habías ido. Sin derramar una sola lágrima salí de esa habitación, consciente de que ya iba a tener momentos, horas y hasta días para consolar mi corazón roto en mil pedazos.
El día siguiente partió Asunción, en una tarde de sol y alegría para los ángeles que habitan el cielo.

En los meses que pasaron dejaste tanto rastro como pudiste. Te apareciste en mis sueños y pude sentir la vibración de tu presencia de a ratos y a momentos. Un día, de casualidad, encontré entre tus cosas un llavero que llevaba escrito tu nombre y decía lo siguiente: “Victoria: advocación de la virgen María, Nuestra Señora de las Victorias, 17 de noviembre”.

***
A cuatro años de aquel día todavía puedo sentir que estás acá, que no te fuiste. De a ratos evoco tu voz y acaricio la idea de volverte a encontrar. Me gusta recordarte entera y resplandeciente: feliz. Y seguir fiel a mis palabras, que no se desvanecen, porque en ellas hay intacta una promesa que nos mantiene unidas hoy y todos los 17.

martes, 21 de agosto de 2012

Arbitraria, por Leila Guerriero


¿Claves para escribir? Reacia a dar consejos, la autora hace una excepción y se arriesga a soltar esta caprichosa lista.

No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado “Cómo convertirse en escritora”, incluido en su libro Autoayuda: “Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven –digamos, a los catorce–”. Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo no, ninguno, nada.

Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.

Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael. Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expóngase a chorros de emoción ajena.

Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.

Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.

Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar “casa”.

Tengan paciencia porque todo está ahí: solo necesitan la complicidad del tiempo. Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.

Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.

Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.

Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.

Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan.

Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos.

Resístanse al deseo de olvidar.

Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.

Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen.

Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.

Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya: “Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas”.

Vivan en una ciudad enorme.

No se lastimen.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

Fuente: El Malpensante
Link: http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1896