Los 17 del mes son algo atípicos. Todos, sin pensarlo, me llevan a vos. El día de tu partida no fue fácil. Varias veces escuché decir que una vez que la muerte te sorprende, lo único que subyace es el alma. Y ese día al fin lo entendí. Tengo la sensación de que hubiera sido ayer pero el tiempo es fugaz y ya pasaron cuatro años.
Era marzo de 2008. El reloj marcaba las once de la noche cuando me llamaste de sorpresa. Por algún motivo tenías la necesidad de hablar conmigo. La urgencia del llamado me resultó algo extraña. Después de un rato me viniste a buscar y fuimos a casa.
Ese día me contaste de los nódulos en el pecho. Al principio me asusté y sentí desesperación. Después algo peor: miedo. Intenté retomar la calma y pensar en frío. ¿Qué era lo peor que podía pasar?
Según la Organización Mundial de la Salud «cáncer» es un término que designa un grupo de enfermedades que pueden afectar cualquier parte del organismo; también se habla de «tumores malignos». Cuando la enfermedad avanza las células enfermas se multiplican y se contagian otros órganos del cuerpo, lo que se conoce como metástasis.
Cáncer es mala palabra. Es sinónimo de que algo no está bien. Siembra duda, incertidumbre, pánico y terror. Empecé a considerar la posibilidad real de tu enfermedad después de esa noche. Y me cambio la vida, porque, de un momento a otro y en cuestión de segundos supe que te iba a perder.
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Unos días antes de conocer los resultados de la biopsia viajamos a Córdoba. Alejandro, uno de tus hermanos y también uno de los dos doctores que hay en la familia, nos recomendó que fuéramos a Villa La Bolsa, una comarca que se ubica en la ruta 5, en la provincia de Córdoba. Allá estaba Asunción, una hermana franciscana que por alguna razón especial iba a dejar una huella en tu vida y en la mía.
Caminos de tierra y montañas. Alrededor, un centenar de casas replegadas entre sí. Entre todas ellas se distinguía un complejo de departamentos de la congregación de los hermanos Maristas. El lugar conservaba intacto un dejo del pasado y en el aire se respiraba frescura. En el fondo había un arroyo, rocas y pinos.
Ni bien llegamos dejamos los bolsos y fuimos a recorrer los alrededores. Todavía recuerdo como si fuese ayer mi afán por no despegarme de tu lado. Tampoco me olvido de que por momentos el terror se apoderaba de vos y después de mí, que no toleraba la idea de perderte.
Al segundo día de nuestra estadía nos encontramos con Asunción y hablamos durante horas. Nos contó que había ingresado a la Congregación a los 18 años porque había sentido el llamado de Dios. También que un sentimiento similar había experimentado años más tarde cuando en 1987 había decidido embarcase en una misión que la llevaría a misionar al pueblo salteño de Santa Victoria Este. Allí habían viajado varios médicos, entre los que estaba Alejandro, tu hermano.
El viaje se transformó en una especie de despedida que se prolongaría por varios meses, aunque claro, no éramos completamente conscientes de ello. Todavía no sabíamos con certeza que tenías cáncer. Tampoco que, a causa de ese contagio estrepitoso de células malignas, el tumor se había expandido del pulmón al hígado y de allí al cerebro. Asunción, que tenía 80 años pero parecía de 60, nos llevó a recorrer la ciudad más próxima a la Villa: Alta Gracia.
Cincuenta mil habitantes. Barrios antiguos. Una vieja estación de trenes. Un casino y varias plazas. El lugar principal: una capilla jesuítica del siglo XVII. Allí hicimos una pausa antes de regresar. Un cura amigo de la franciscana te estaba esperando para darte uno de los sacramentos que se les da a las personas cuando padecen una enfermedad terminal. También a los ancianos. Por ello Asunción te acompañó en ese momento y ambas fueron uncidas con óleo en un rito especial por el que se pasa una sola vez.
A la vuelta se confirmó que el tumor era maligno. Un domingo de abril, quién sabe bien con motivo de qué, la familia organizó un almuerzo. Asistieron a la cita once de tus hermanos y varios de mis primos. Después de un rato un tío me llamó. Quería hablar conmigo y a solas. Ese día me enteré que te quedaban dos meses de vida. Aunque más tarde el tiempo jugó a nuestro favor y te quedaste hasta noviembre.
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Si tuviera que describirte en pocas palabras podría decir que eras bondadosa, tenaz, humilde y ante todo buena persona. Una madraza. Sensible y amable hasta por los codos. También que eras algo caradura y poco te importaba la mirada ajena. Tenías chispa y eso te hacía única.
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En los meses que siguieron arrancaste con las sesiones de quimioterapia, se te cayó el pelo y te abatieron de tantos medicamentos que lo único que consiguieron fue dejarte exhausta. Aunque intentabas disimularlo, había días en los que sólo querías dormir y ausentarte de la realidad. Por eso intenté abstraerte de todo, hasta incluso de tu propia enfermedad, que en parte también era mía, porque internamente la estaba padeciendo tanto como vos. No podía aceptar la idea de dejarte ir, pero tampoco podía ceder, así que me mantuve firme.
Hay varias cosas de las que estoy segura por un solo motivo, nunca te abandoné. Hasta el último suspiro estuve ahí, con vos, acompañándote. Supe desde el principio que no te ibas a curar y lo único a mi alcance era hacerte feliz, o al menos intentarlo. Así que junté fuerzas y acepté que tenía que enfrentarme a eso que de a poco se iba transformando en un adiós.
En julio supimos que Asunción estaba en Buenos Aires tratándose en el Hospital Británico con motivo de una dolencia que la aquejaba desde hacía días. Más tarde nos enteramos que el dolor era producto de un cáncer y que en su caso era de hígado. Ahora sí había una causa que las unía. Ambas tenían que enfrentar una misma lucha.
El 6 de agosto la enfermedad avanzó y te dejó como secuela un edema cerebral. Estabas confundida y perdida en el tiempo. Ese día marcó un quiebre y fue el aparente comienzo de un final que ni los corticoides ni las sesiones de rayos pudieron frenar. A fines de octubre Alejandro predijo lo que finalmente ocurriría: de un momento a otro y en cuestión de poco tiempo el ataque sería fulminante.
Los días pasaron de largo y se fue acercando el final. La noche de un jueves de noviembre te agarró un ataque de epilepsia. Estaba a tu lado cuando te vi en un estado totalmente convulsionado. Corrí a la sala a buscar el papel donde estaba anotado el número de emergencias y sin pensar, llamé. Lo único que recuerdo es mi estado de pánico. Me temblaban las manos y el corazón latía con fuerza. Al otro lado del teléfono una mujer intentaba calmarme.
A primera hora del alba salí corriendo a buscar la medicación. Cuando volví ya era tarde. Había una ambulancia en la puerta de casa y te estaban trasladando al sanatorio. Ni bien entré a la habitación lo primero que vi fue una máscara de oxigeno que te rodeaba la cara. Quedé impactada. Un sabor amargo me recorrió por completo el cuerpo. Salí corriendo y por la primera puerta que crucé me encontré con dolor y más dolor. Familiares y más familiares. Todo lo que algún día había estado firme se empezaba a desmoronar y debía aunar fuerzas para lidiar con tanta tristeza alrededor.
Ese día, como ningún otro deseé muy en el fondo de mi corazón no verte sufrir. E imploré con todas mis fuerzas tener la fortaleza para acompañarte. Entendí que no podía caer. Más tarde habría tiempo, pero ese era tu momento y tenía que estar entera.
En las horas que siguieron no nos despegamos de tu lado. Los recuerdos que habitan mi mente son palabras, olores y sensaciones que hoy quedan algo sueltas. El domingo por la noche Alejandro se quedó con vos. Yo decidí que no estaba lista para volver a casa. Así que me fui a lo de un familiar que vivía cerca. Y por primera vez después de ocho meses sentí paz.
A la mañana me levanté y fui a la clínica. Te tomé las manos y besé en la mejilla. Tenías un semblante cálido y sereno. Al rato un temblor te recorrió el cuerpo. Mi desesperación fue abrupta. Salí corriendo a pedir ayuda. Me sacaron de la habitación por la fuerza, pero entré de nuevo. Era el final. El oxígeno en sangre empezaba a evaporarse lentamente y vos con él. Tomé la decisión de no llamar a nadie. Jamás imaginé que iba a ser la encargada de decirte adiós o hasta luego. Te sostuve las manos y en un mensaje que entablé sólo con vos, firme y con un terrible dolor, te dejé ir.
Un halo de luz se esparció por la habitación en la que yacías ya dormida, en trance a un lugar mejor. Quedaba tu cuerpo, pero vos te habías ido. Sin derramar una sola lágrima salí de esa habitación, consciente de que ya iba a tener momentos, horas y hasta días para consolar mi corazón roto en mil pedazos.
El día siguiente partió Asunción, en una tarde de sol y alegría para los ángeles que habitan el cielo.
En los meses que pasaron dejaste tanto rastro como pudiste. Te apareciste en mis sueños y pude sentir la vibración de tu presencia de a ratos y a momentos. Un día, de casualidad, encontré entre tus cosas un llavero que llevaba escrito tu nombre y decía lo siguiente: “Victoria: advocación de la virgen María, Nuestra Señora de las Victorias, 17 de noviembre”.
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A cuatro años de aquel día todavía puedo sentir que estás acá, que no te fuiste. De a ratos evoco tu voz y acaricio la idea de volverte a encontrar. Me gusta recordarte entera y resplandeciente: feliz. Y seguir fiel a mis palabras, que no se desvanecen, porque en ellas hay intacta una promesa que nos mantiene unidas hoy y todos los 17.